Aún cuando presumo de ortodoxia en mi activismo permanente, de pasado borrokoliberal de baja intensidad, la fatiga me desanima en determinados momentos, y ni frío ni calor. Hablaré de lo que tienes enfrente, pues.
Al iniciar esta andadura bloguera creí que hablaría del fondo político, al que tengo desde hace tiempo arrinconado en el armario. Eso que llaman ideología o afiliación dogmática, la tuve por años sólidamente aposentada en mi interior. Y la desterré porque, cuando me auto tildaba como liberal, comprobé como aquellos etiquetados igualmente, que fustigaban a los delegados sindicales, que empotraban como un ariete la libertad económica, y que preconizaban un mundo que rayaba en lo kropotkiniano, con una exigua existencia de lo público, realmente exprimen el welfare state, viven de la recomendación, del alma por el plato de lentejas (y como peces, lo olvidan segundos posteriores, y vuelven a hablar de meritocracia). Felaciocracia digo yo.
Al visionar el tendido contrario, detecté la doble velocidad humana, por un lado, la de los discursos que rasgan las vestiduras, que levantan en columna activa a los famélicos del mundo, y por otro, el disfrute secreto de las opresiones propias de la burguesía, en su revolucionario lenguaje. Y estos esquejes cínicos del capitalismo son más nocivos si cabe.
La intención, insisto era revelar el mosto yema del credo del servicio público, pero al comprobar que esos fondos son movedizos, pasé a evaluar en un estricto camino las formas, el método en el que la clase política se expresa o debe expresarse. Y acaban siendo estos modos gramaticales en los que se sube el politiquerío tan, digámoslo, anodinos, de agresividad roma, que por ahí no iba hacer ganancia. Fuera, a otra cosa, compadre.
Intuyo que este blog, más que un panel en el que exhibirse y dar rienda suelta a la ovejita que todo político lleva dentro (“vecino, I love you”), se ha convertido en la consultoría de las maneras en política (del enterismo en el quehacer programático, sí, sí). En valoración subjetiva, con un puntito inequívoco de enconamiento, en reflejar al profano en la materia política que muchas de sus sospechas son fundadas, y al profesional de carrera, que sus hábitos deben ser públicos si desea ganarse el buen juicio ciudadano, naturalmente.
Hay personas que viven el 24/7 de la política. No los descifrareis por el enojo, sino porque hablan sin tapujos con una copa en la mano o sin ella, disfrutando de su valentía. Por encima del fondo y la forma, gente consecuente y coherente.
¿Y esto porqué viene a cuento? Para celebrar que no es Navidad, extrañables fiestas.
Paz en la tierra.