Pretendo escribir más. No sólo desde cuando los acontecimientos circenses salen a la luz en Getafe, Capital de la trepanación de conciencias, sino ya en aquellos tiempos pretéritos en los que me preocupaba por nimiedades y no por el mundo, cuando lidiaba con imbéciles y pugnaba por superarlos. Ahora me concierne la seguridad personal, que no me acuchille un delincuente, ni nos falte la leche Polesa en la nevera, estar más con mis amigos para hablar de duty frees, de las pijas embotadax de la milla de Oro o del último ataque criminal de Ringo, velar por que Iris sea la Leibovitz española a partir de hoy, y que Williamson se ria siempre (a pesar) de mis deconstrucciones culinarias.
Bah, estoy hablando en clave, para aquellos a quienes me dirijo. Pero sigo deseando más redacción, e incluso, escrituras límpidas. Pues toma dos tazas, dos bifurcaciones que, ante la duda y la incompetencia comunicativas de mi hemisferio izquierdo con el derecho, decido exponer por separado:
Título 1
La libertad y su carestía
Es terrible. Mato moscas. Esa es una virtud que comparto con Obama. Además de bailar a lo remanguillé, con los codos pegados al costado, y gustar de sus sms orales en universidades árabes, que en la forma reverdecen mi militancia sionista, y en el fondo son un serio aviso a la intolerancia de facto e iure en los países islámicos, me pone el azote a los pictogramas de Dominus domini con turbante.
No tenía esto que ver con lo consecutivo, pero gestionada la combustión inicial de la transcripción, no detengo el cacharro. Y Obama siempre merece una mención, cago en la mar.
Hablar de libertad es un ensueño de autocomplacencia. Ya lo hice en este blog, y lo hago cada mañana en el espejo rüdstrwmkveist de Ikea que cuelga torcido en mi baño. A la libertad la mentan, comentan y montan a diario talibanes herzianos, agentes políticos überprogres y übermensch, y encorbatados ellos y faldas de tubo que no retuvo, ellas. Es más prolífico hablar de la banda dineraria ligada a la libertad, como mujer salvaje que se expresa en lunfardo. La libertad y su carestía, por lo que siempre tiene un precio. Y en Getafe, ese precio es muy bajito; basta con tragar, practicar una encorvadísima posición de espalda, y abrir los labios hasta que no entre más. Cuanta mierda.
Tres mandamientos:
- Comprender al contrario, establecer incluso colaboración permanente con él en materia esencial para el ciudadano, no es virtud, sino mandato imperativo. Esto lo digo a mis correligionarios, y a mi adversario. Faltaría.
- Saber de la porquería, incluso viéndose incompetente en su eliminación, es adiestramiento de la pesquisa. Aquí, espabilemos todos, algunos más que otros.
- Tragarse un sapo en forma de verídicas, incontestables y sapientísimas conclusiones de € comisiones € ¿investigadoras? de un fraude como un piano, es, llanamente, un esputo en la cara de cualquier ser humano.
En Getafe hay libertad, pero también una gran carestía de ella. Que utilicen su maquinaria propagandística, que no desmonten el pesebre, ay, que está tan bonito en cualquier estación del año, con su ladrillo, su prensa, sus opositores, sus doctos e ilustres palmeros. Pedir la rectificación de tantos años de un Getafe de atrezzo es solicitar mucho. Me contento con que no miccionen en mi boca. No seré libre, claro, pero conseguirán que esa mala mujer no se venda tan fácil.
Título 2
Estuve en Getafe y me acordé de ti
¿Que necesita un hombre para hablar, para caer rehén en esas sendas de la disertación táctica? ¿Qué resorte interno es accionado para no apretarse estrecho en la pedantería verbal, exactamente lo que estoy haciendo en este momento, y afinar el contenido?
Un hombre, para hablar, necesita mínimamente sentir sonrojo. Con eso basta. Y abochornado, calentito ando. Como en la playa. Pero sin camisetas horteras, ni sardinitas requemadas, ni tetas colganderas. Una vergüenza por la mentira reiterada, baja, zafia. Esto, Getafe, es un paraíso chusco, a pesar de los getafenses.
Una persona que te quiere mucho estuvo en Getafe y se acordó de ti. Es el lema de las camisetas locales del momento. Con gatitos, chapoteos de sirenas, tipografía comic sans. Y entre tanta espumita infantil, un fraude como un piano, grande, muchacho, muy grande.
No te digo más.