Hay eventos que antes de su celebración aventuran “la mundial”, y apenas horas después de su cierre, estocada firme, dos orejas y por la puerta grande, lo olvidamos con una velocidad pasmosa. Si el efecto kleenex convierte en efímero todo hecho noticioso en sólo días, imaginad el escalón temporal tan gigantesco que son dos semanas. Hoy nadie habla del rumbo adoptado por el Partido Popular tras su congreso de Valencia. Nadie no, yo sí.
A 3, viernes 20 de junio, 18:30. Atasco hasta Belinchón, provincia de Cuenca. Llegada a Valencia. Maldiciones obscenas al GPS. Búsqueda infructuosa de restaurante. Objetivo logrado, pizzas abrasivas servidas por encantadora pareja parleña. Hotel, sueño. Sábado 21, merodeando entre la Malvarrosa y el Palacio de Congresos, ilustre almuerzo, baño, hotel, pasta con fromaggio, lo siguiente lo silencio. Domingo 22, horchata y zumo en Can Partit Popular València, discurso de Cospedal, y vuélvete corriendo que no me trago otro atascazo, y menos con el resfriado que tengo.
El centro, las decisiones propias sin confabulaciones externas ni conspiraciones mediáticas, es el resultado más decisivo de aquel ya lejano simposium o como suelo denominar afectuosamente, fiesta campera con capea de ponencias. Será necesario esperar los resultados a medio plazo, pero parece que esta nueva era del cambio viene bien alineada, centradita en el bloc de notas, sin pausa pero también con prisa, un gallardo escrito nada pacato, y haciendo uso del verso adecuado que mejor rima con los españoles, que son los que realmente importan, troncos.

Los congresos se celebran en febrero, en plena Siberia, nunca en verano y en Valencia. Hombre.
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